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Tradiciones de San Ignacio Cerro Gordo
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Los velorios en San Ignacio.
Del Libro San Ignacio Cerro Gordo: un pueblo de Jalisco con su hacienda, su gente y su historia
Adaptación y complementación Jorge Rosales Contreras
La muerte puede ser instantánea o pausada, tranquila, dando tiempo para escribir una novela de terror y hacer los "encargos" correspondientes; cuando aún es tiempo le ayudan a bien morir, le untan los santos olios (pomada bendita). Después de morir se da aviso a la parroquia y comienzan a sonar las campanas (al repique de campanas por la muerte de alguien se le llama “dobles”). Posteriormente lo vestían con su mejor atuendo (joyas diversas, como reloj, anillo(s), dientes de oro, etc.). Le colocaban debajo de la mesa, catre o cama, donde reposaba el cuerpo con o sin ataúd, una chilacayota partida en dos o un plato con cebolla y vinagre para recoger el "cáncer".
En algunas ocasiones le cantaban unos versos religiosos muy tristes, llamados El alabado:
El Alabado
Jesucristo se ha perdido,
la Virgen lo anda buscando.
¿No vieron pasar por aquí
una estrella relumbrante?
Sí, Señora, aquí pasó,
tres horas antes del alba!
Cinco mil azotes lleva
en sus divinas espaldas.
La Virgen como piadosa,
cayó en tierra desmayada.
San Juan, como buen sobrino,
luego corrió a levantarla.
Caminemos, caminemos
que no es tiempo de tardanza.
Que con presto que lleguemos
ya lo habrán crucificado.
Ya le pondrían la corona,
ya le darían la lanzada
en su divino costado.
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La sangre que derramó
cayó en un cáliz sagrado.
El hombre que la bebiere
será bienaventurado.
En la tierra será rey
y en el cielo coronado.
¡Madre mía de Guadalupe,
yo te ofrezco este alabado
por las ánimas benditas
y las que estén en pecado!
Que las saques y las lleves
para donde fuimos creados.
Tres veces tembló el infierno
diciendo ¡Ave María!
Ave María preferida
sin la culpa original. Amén.
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Lo tendían en una pieza apartada, y afuera las personas comienzan a acercarse, rezan y comentaban en voz baja; no se acostumbraba hacer guardia al ataúd. Se encienden cuatro verlas largas, una en cada esquina del ataúd, y se pone una imagen de algún santo en la cabecera del ataúd así como alguna fotografía que en vida fuese tomada al difunto.
Siempre se distingue una persona, la mayoría de las veces mujer, que encabeza los rezos la mayor parte de la noche; las lechuzas "ocurren" frecuentemente en los velorios, así como el viento y la lluvia. Durante la velación los deudos ofrecen a los asistentes jarros con café con o sin piquete para aguantar la velación durante la noche y aminorar los efectos del cansancio y el frío.
El traslado del difunto se hacía por cuatro personas, (algunas veces, cuando pedía la persona antes de morir ser enterrada en otro lugar, como en el caso de Jesús García, que lo llevaron de San Ignacio a Santa María a pie), recorriendo grandes distancias, quedando muy cansados. Lo conducían al panteón a las 24 horas de fallecido, por el camino viejo, a ritmo pausado, acompañados por campanadas fúnebres, desde luego, después de la misa "de cuerpo presente".
Al llegar a la "última morada" o "tercer lugar", depositaban el féretro durante unos minutos en una capillita llamada "el descanso"; se hacían rezos y luego lo conducían a su gaveta correspondiente, a medio terminar; abrían el cajón por última vez durante algunos minutos, se hacían algunas oraciones reconfortantes, los familiares cercanos se acercaban a despedirse y las lágrimas surgían nuevamente, la angustia y tristeza más de una vez provocaban la pérdida del conocimiento de algún familiar cercano. Se cerraba el ataúd y comenzaba el trabajo de dar sepultura al difunto. La gente se despide y recorren de regreso el camino en silencio.
El luto es de acuerdo a los sentimientos respecto a la persona recién desaparecida: puede ser de 3 días a 2 años o más, incluyendo el rechazo a los divertimientos (escuchar música, ir a fiestas, etc.) y vestir de negro durante el tiempo del luto.
El pésame es recibido por el familiar más cercano con frases sinceras de las partes.
El novenario, rezos por el eterno descanso del fallecido, se efectúa en casa de alguno de los familiares. De allí en adelante sólo una misa cada año, en la fecha fúnebre del cumplimiento de año(s) del deceso.
Todavía a inicios de este siglo, cuando la persona fallecida era importante en cuanto su poder económico, tenía la opción de ser enterrada en las paredes interiores del templo, con una placa ostentosa de mármol, en el lugar correspondiente, sobresaliendo los apellidos: González, Guarro, Macías, Barba, Orozco y otros, cuyas lápidas han desaparecido en su mayoría por las constantes remodelaciones del templo parroquial.
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Tradiciones:
Los Velorios |
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Los velorios en San Ignacio tienen una historia y costumbres propias y bien definidas.
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